lunes 17 de diciembre de 2007

A la puta que nos quitó la noche

Hallábamonos una noche más rumbo a Mogambo, a reunirnos con nuestros congéneres del inframundo, a restregarnos junto a la escoria de la ciudad. Iban ellos en coche, yo para variar en moto, estaba bien no llevar a nadie. Dejo el casco en su coche y voy hasta la puerta del club y aguardo enfrente.

Voy imbuyéndome en el ambiente mientras espero. Maricas, furcias, niños, ladrones, travestis, mamporreros, tortilleras, mariliendres.
Nos gusta estar entre marginados porque somos unos marginados, nada nuevo bajo el sol.

Oh, qué veo. Sale un androide del garito. 160 cm de supermujer, pelo negro, lacio y largo. Brillante. Lleva un vestido de noche, de mujer. Apretadísimo. Deja poco a la imaginación: carne, enjutos muslos sobre finas rodillas y buenos tobillos. Piernas fuertes de mujer fuerte. Generosísimos pechos, brazos finos y elegantes. Ojos inteligentes y perdidos, labios carnosos, siempre entreabiertos.

Duda.

Me giro y busco el Bentley que debe venir a recogerla, y que ella parece buscar. No está.

Duda de nuevo, se sienta, en el suelo.

Ahí está, ausente de todos nosotros, a un metro y medio de mí. No se ha sentado en un mullido sillón, se ha sentado en el mugriento bordillo, a la salida del mismo infierno. Maricas de medio pelo se le sientan al lado, alguno parece decirle algo. Ella sigue ausente, yo sigo a lo mío. Siempre me gustó mirar. Sigue nerviosa, distraída.

No lo va a hacer.... no lo va a hacer...

Lo hace: abre las piernas, ésas piernas. No doy crédito. Voy a recibir una paliza inminente de alguien, ahí estoy yo viendo más allá de donde se pone el sol, casi puedo tocar. No hay bragas, tanga, nada, menos que eso, medias transparentes. Debo estar echando espuma por la boca, aún así de KO y descolocado, sigo siendo gilipollas, lo único que se me ocurre es llamar a éstos para ver por qué coño tardan tanto. Les digo que vengan corriendo, pero me puedo imaginar que están guardando los bolsitos o las chaquetitas, mientras el mundo se desmorona.

Estoy descolocado, llevo como tres minutos mirando descaradamente, hasta una parte de mí quiere que me pille y me diga lo guarro que soy. Nos cruzamos varias veces las miradas, pero no nos importa a ninguno, ella a lo suyo y yo a lo mío. Sé fehacientemente que no lo hace para seducirme, del mismo modo que un niño no exhibe sus músculos a un bebé para pelear. No sé dónd meterme ya, sube más falda, enséñame más pierna. Está de un modo que hasta puedo verle los mofeltes del culo enteros. Viniendo he visto mi rostro en un espejo: grande, blanco, feo, casi obsceno, ¿por qué yo?.

Se levanta. Seguro que viene y me dice dónde está la cámara oculta. No, entra de nuevo. Llegan estos gilipollas, se lo explico, la buscamos. La perdemos.

Y vuelta a empezar.